Comentar un partido de Argentina es una tarea psicoanalítica prácticamente imposible. Uno debe despojarse de sí mismo, alejarse de las propias pasiones (tarea imposible, desde luego) y observarse en un acto analítico y protagónico al mismo tiempo. Una mierda. Solicito públicamente no volver a comentar un partido de la selección en el mundial, y mucho menos en fases tan decisivas.
La casa de Juani, en el impasible barrio de Parque Chacabuco y bajo una intermitente llovizna, fue el escenario en el cual nos juntamos con el dueño de casa, Eze e Iván a comer unos fideos y calmar los nervios acumulados en estos días para ver Argentina Vs. México. Los minutos de himno y salida de equipos fueron insoportables pero finalmente llegó el pitazo inicial.
Argentina cambiaba jugadores, pero no su esquema 4-3-3, que le permitía tener puntaje ideal. México llegaba con un 4-4-2, adelantando al Rafa Márquez a la línea de volantes y dejando a Osorio y el “masa” Rodríguez como saga central, en una decisión que terminaría costándole caro al Vasco Aguirre. En los primeros minutos, los aztecas trataron de hacer lo que mejor les salía: abrir la cancha con los laterales (Juárez, improvisado lateral por derecha, y Salcido por izquierda) y profundizar con los volantes por las bandas (Guardado y Giovanni Dos Santos -retrazado para marcar a Di María, pero también para darle llegada por esa punta-).
Argentina intentaba ser profunda y rápida como en los partidos anteriores, apostando a la movilidad de sus delanteros y al juego por las bandas con Di María y Maxi Rodríguez, ingresado muy inteligentemente por el anciano y vendepatria Verón (a Diego lo está asesorando bien el Negro Enrique), para desbordar su punta y controlar las subidas de Salcido.
Sin embargo, México controlaba bien a los chiquitos y tenía mucho más la pelota que Argentina. A los 8 minutos una bomba desde afuera de Salcido sorprendió a Romero, de mala respuesta, que fue literalmente salvado por el travesaño. Medio minuto más tarde un remate mexicano le sacó pintura al poste derecho. Argentina no pesaba arriba y dejaba jugar abajo porque Maxi y Di María volvían tarde y mal y los volantes no apretaban. México se le animaba, esperando cuando perdía la pelota y manejándola con criterio cundo la tenía. La primera parte del partido fue de ataque por ataque (“es un buen partido de fútbol”, decía nuestro filósofo del fútbol, Gambetita).
A los 26 llegó el “gol” argentino tras un gran pase de Messi, que dejó mano a mano a Tevez. El arquero salió bien pero controló mal la pelota, que volvió a quedarle a Messi. Éste asistió a Tévez y el Apache la empujó al arco. El detalle es que detrás de Tévez no estaban dos jugadores mexicanos habilitando, como marca el reglamento. Ni siquiera había uno. Era el off side no cobrado más grosero en mucho tiempo, que el cuarto árbitro quiso arreglar, avisándole por handy al línea. Por suerte (y como debía ser) la decisión estaba tomada y Rossetti convalidó el gol que ya había dado.
A la vergüenza del línea le siguió la vergüenza de la defensa mexicana. A los 31, Osorio quiso pisar la pelota y salir jugando, pero no coordinó bien los movimientos y le regaló la pelota a Higuain, dejándolo frente al arquero. El Pipita, resistido por el cronista, definió con una pisada deliciosa, que dejó al conejo Pérez arrodillado.
En ese primer tiempo, Argentina tuvo poco la pelota, atacó poco, le dieron un gol ilegítimo y aprovechó los horrores defensivos del rival. Suficiente para ganarle a por dos goles a este México.
Para el segundo tiempo, Aguirre armó un 4-3-3, soltando a Dos Santos bien arriba y con Barrera en cancha (cambio por Bautista). En esos primeros minutos se vio a una Argentina mal parada y tomando mal los avances mexicanos. Cuando creíamos que íbamos a sufrir bastante el segundo tiempo, Tévez armó una pared casual con Torrado y reventó el arco de Pérez, en uno de los mejores goles del mundial.
Sin saber por qué, México perdía por 3 goles y fue a buscar el empate con lo que tenía. Guille Franco entró por Guardado dibujando el 3-4-3 (Salcido a la línea de volantes junto con Juárez y Márquez de líbero) con el que terminaría el partido.
Desde el gol, Argentina se retrasó demasiado. Esperar no está mal si vas ganando, pero siempre es un problema si la segunda línea de 4 (Diego armó el 4-4-2, con Verón por Tévez) juega en tu propio campo.
México tenía espacio y pelota como para jugar y vinieron las aproximaciones. A los 24 Heinze sacó una pelota en la línea y un minuto después, el chicharito Hernández le rompió el arco a Romero. Faltaban 20 minutos y el partido no estaba liquidado, como diría Walter Nelson.
Sin embargo, México tuvo la pelota pero no llegó con claridad y ya no generaría situaciones claras de gol.
En el final, Messi pudo abrir su cuenta en este Mundial pero el mal arquero mexicano se lo negó.
Argentina no jugó bien, pero ganó merecidamente. Jugando a lo Brasil, sin grandes lujos ni llegadas, impuso una contundencia tremenda e hizo los goles en los momentos justos. México nunca se repuso de los golpes dados y dejó en claro sus limitaciones futbolísticas y que pesa sobre ellos una paternidad argentina tremenda.
Roberto Rossetti pitó el final, ganó Argentina y el sol, que ayer nos regaló Uruguay, comenzó a asomarse en Parque Chacabuco. Esperemos que ilumine a los muchachos el sábado que viene en esa final anticipada y revancha del último Mundial que se juega contra Alemania.



